Magistrados con visión de Estado
Esta semana, por invitación de la comisión
delegada que representa a la Asamblea Nacional 2015 ante la Mesa de Diálogo,
acudimos al bicentenario Ilustre Colegio de Abogados de Caracas. Estaban allí
los presidentes de los colegios de abogados del país y juristas de reconocida
trayectoria. Fuimos en nombre del Programa de Organización Ciudadana, con el
liderazgo de la Confederación de Profesionales y Técnicos de Venezuela,
CONFEPUV, y del Frente Amplio Profesional Internacional, FAPI, y planteamos una tesis que quiero compartir
con los lectores, porque define todo lo que viene: para integrar el nuevo
Tribunal Supremo de Justicia no basta con ser un buen abogado.
Lo que
van a recibir los nuevos magistrados
Hay que decir con precisión qué se les va a
entregar, porque de ahí se deduce qué se les debe exigir.
Durante más de un cuarto de siglo se construyó
en Venezuela un Estado paralelo. No fue un problema de retardo procesal, de
desorganización o de mala técnica jurídica. Fue otra cosa: el Poder Judicial
fue secuestrado y convertido en la herramienta que validaba, con apariencia de
legalidad, lo que la Constitución prohíbe.
Los ejemplos están a la vista de todos. Las
sentencias de la Sala Constitucional de marzo de 2017 que usurparon las
competencias de la Asamblea Nacional electa en 2015 no fueron un error de
interpretación: fueron la anulación de un poder público por otro. El
desconocimiento de la voluntad popular expresada el 28 de julio de 2024 no fue
un problema probatorio: fue una decisión. El incumplimiento sostenido de las
decisiones de los órganos internacionales de protección de derechos humanos no
es una demora administrativa: es una política. Y la criminalización de la
disidencia, con miles de venezolanos que han pasado por la prisión política, trescientos
veintidós todavía privados de libertad según el Foro Penal, con torturas,
muertes y desapariciones de personas bajo custodia del Estado, no se explica
por el desconocimiento técnico del derecho.
Todo eso ocurrió porque fue construido un
terrorismo de estado, la interpretación de la ley fue sustituida por criterios
políticos y consignas ideológicas, y porque jueces, fiscales y auxiliares del
sistema judicial fueron convertidos en operadores sin independencia, sin
estabilidad y sin más deber que validar lo decidido en otra parte, para
convertirlo en un estado delincuente..
Dos
fases, no una
De ahí se sigue que la reinstitucionalización
tiene dos fases y no una sola, y que confundirlas es el error más costoso que
podríamos cometer.
La primera fase es sociojurídica y
fundacional. Tiene que ver con la existencia misma del Estado democrático y
social de derecho y de justicia que el artículo 2 de la Constitución consagra
como valor superior: la vida, la libertad, la justicia, la democracia, la
responsabilidad social, la preeminencia de los derechos humanos, el pluralismo
político y la alternabilidad del poder. Esa fase exige de los nuevos
magistrados algo que no se mide en un examen: visión de Estado.
La segunda fase es técnico-jurídica. Es la de
una administración de justicia autónoma, imparcial, transparente, eficaz y
estable, donde el imperio de la ley sea el gobierno de todas las instituciones.
Esa fase exige conocimiento, formación ética y oficio, y exige también que el
Estado suministre al Poder Judicial los recursos para funcionar, porque un
poder sin presupuesto propio es un poder tutelado por quien se lo administra.
Las dos visiones deben coincidir en la misma
persona. Eso vale para los treinta y dos magistrados y vale igualmente para el
nuevo Inspector General de Tribunales, que es quien vigila a los jueces de la
República.
Tres
tareas concretas
Dicho en términos operativos, al nuevo
Tribunal le tocarán tres tareas que ningún tribunal venezolano ha cumplido en
veintisiete años.
Preservar las garantías ciudadanas, empezando
por revisar las condenas dictadas sin juez independiente y por dar cumplimiento
a las decisiones internacionales pendientes. Controlar a los demás poderes
públicos, que es su función constitucional, y erradicar la dogmática que
permitió que un poder paralizara a otro como ocurrió en 2017 y en 2024. Y ser
el escudo del resultado de los procesos electorales que vienen. Esta última es
la que más conviene subrayar: de nada servirá organizar una elección impecable
si quien debe hacer valer su resultado vuelve a torcer los resultados en una
servilleta. La historia reciente de este país es la historia de victorias
ciudadanas anuladas en un despacho.
Por eso insistimos en que los magistrados
deben ser independientes y estar libres de apremio: de presión política, de
interés económico y de conveniencia personal. No es una aspiración moral. Es un
requisito funcional del cargo.
Una ley
para que la reforma sea sustantiva
En ese mismo encuentro presentamos, a nombre
de las organizaciones sociales que nos acompañan, un proyecto de Ley sobre
Cumplimiento de las Decisiones emitidas por Órganos Internacionales de Derechos
Humanos.
La iniciativa desarrolla los artículos 23, 30
y 31 de la Constitución y crea lo que hoy no existe: un procedimiento interno
para que una decisión internacional se convierta en un acto ejecutable. Un
comité de coordinación con participación de las víctimas y veeduría
internacional; plazos ciertos, de cuarenta y cinco días para el dictamen de
cumplimiento y de apenas cinco días hábiles cuando se trate de medidas
cautelares; vías para solicitar la liberación inmediata cuando una decisión
internacional la ordene; un fondo de reparación con financiamiento determinado;
y responsabilidad personal para el funcionario que incumpla. Se aplica, además,
a las decisiones ya dictadas y pendientes, que es donde está el pasivo
acumulado.
Presentamos esta ley por la razón que venimos
repitiendo en todo el camino: la reforma tiene que ser sustantiva y no un
simple cambio de personas. Un tribunal nuevo que reciba intacto el pasivo del
anterior, sin reglas para ejecutarlo, habrá cambiado los nombres y conservado
las injusticias.
Y ahora,
a postularse
Al momento de publicarse este artículo, los
doce representantes de la sociedad civil ya habrían sido designados y
juramentados para integrar el Comité de Postulaciones Judiciales. Con eso
arranca formalmente la etapa decisiva: la de las postulaciones a magistrado.
Hemos compartido la importancia de este
proceso en siete estados del país, y en todos hicimos el mismo llamado, que
repito aquí: que los colegas que reúnan las condiciones que exigen la
Constitución y la ley se postulen y participen. No es una invitación de
cortesía. Si los mejores no se presentan, el país no podrá escogerlos.
Venezuela necesita el concurso de sus hijos,
dentro y fuera del país, para conquistar la libertad, el Estado de derecho y
unas instituciones que funcionen. Porque al final nada de esto es un debate de
juristas. Todo esto se trata de que la gente viva mejor: de salarios que
alcancen, de servicios públicos que sirvan, de seguridad en la calle, de
escuelas y de hospitales. Un país sin justicia no logra ninguna de esas cosas,
por mucho que las prometa. Un país con justicia tiene, por fin, dónde
reclamarlas.
Lo que
van a recibir los nuevos magistrados
Hay que decir con precisión qué se les va a
entregar, porque de ahí se deduce qué se les debe exigir.
Durante más de un cuarto de siglo se construyó
en Venezuela un Estado paralelo. No fue un problema de retardo procesal, de
desorganización o de mala técnica jurídica. Fue otra cosa: el Poder Judicial
fue secuestrado y convertido en la herramienta que validaba, con apariencia de
legalidad, lo que la Constitución prohíbe.
Los ejemplos están a la vista de todos. Las
sentencias de la Sala Constitucional de marzo de 2017 que usurparon las
competencias de la Asamblea Nacional electa en 2015 no fueron un error de
interpretación: fueron la anulación de un poder público por otro. El
desconocimiento de la voluntad popular expresada el 28 de julio de 2024 no fue
un problema probatorio: fue una decisión. El incumplimiento sostenido de las
decisiones de los órganos internacionales de protección de derechos humanos no
es una demora administrativa: es una política. Y la criminalización de la
disidencia, con miles de venezolanos que han pasado por la prisión política, trescientos
veintidós todavía privados de libertad según el Foro Penal, con torturas,
muertes y desapariciones de personas bajo custodia del Estado, no se explica
por el desconocimiento técnico del derecho.
Todo eso ocurrió porque fue construido un
terrorismo de estado, la interpretación de la ley fue sustituida por criterios
políticos y consignas ideológicas, y porque jueces, fiscales y auxiliares del
sistema judicial fueron convertidos en operadores sin independencia, sin
estabilidad y sin más deber que validar lo decidido en otra parte, para
convertirlo en un estado delincuente..
Dos
fases, no una
De ahí se sigue que la reinstitucionalización
tiene dos fases y no una sola, y que confundirlas es el error más costoso que
podríamos cometer.
La primera fase es sociojurídica y
fundacional. Tiene que ver con la existencia misma del Estado democrático y
social de derecho y de justicia que el artículo 2 de la Constitución consagra
como valor superior: la vida, la libertad, la justicia, la democracia, la
responsabilidad social, la preeminencia de los derechos humanos, el pluralismo
político y la alternabilidad del poder. Esa fase exige de los nuevos
magistrados algo que no se mide en un examen: visión de Estado.
La segunda fase es técnico-jurídica. Es la de
una administración de justicia autónoma, imparcial, transparente, eficaz y
estable, donde el imperio de la ley sea el gobierno de todas las instituciones.
Esa fase exige conocimiento, formación ética y oficio, y exige también que el
Estado suministre al Poder Judicial los recursos para funcionar, porque un
poder sin presupuesto propio es un poder tutelado por quien se lo administra.
Las dos visiones deben coincidir en la misma
persona. Eso vale para los treinta y dos magistrados y vale igualmente para el
nuevo Inspector General de Tribunales, que es quien vigila a los jueces de la
República.
Tres
tareas concretas
Dicho en términos operativos, al nuevo
Tribunal le tocarán tres tareas que ningún tribunal venezolano ha cumplido en
veintisiete años.
Preservar las garantías ciudadanas, empezando
por revisar las condenas dictadas sin juez independiente y por dar cumplimiento
a las decisiones internacionales pendientes. Controlar a los demás poderes
públicos, que es su función constitucional, y erradicar la dogmática que
permitió que un poder paralizara a otro como ocurrió en 2017 y en 2024. Y ser
el escudo del resultado de los procesos electorales que vienen. Esta última es
la que más conviene subrayar: de nada servirá organizar una elección impecable
si quien debe hacer valer su resultado vuelve a torcer los resultados en una
servilleta. La historia reciente de este país es la historia de victorias
ciudadanas anuladas en un despacho.
Por eso insistimos en que los magistrados
deben ser independientes y estar libres de apremio: de presión política, de
interés económico y de conveniencia personal. No es una aspiración moral. Es un
requisito funcional del cargo.
Una ley
para que la reforma sea sustantiva
En ese mismo encuentro presentamos, a nombre
de las organizaciones sociales que nos acompañan, un proyecto de Ley sobre
Cumplimiento de las Decisiones emitidas por Órganos Internacionales de Derechos
Humanos.
La iniciativa desarrolla los artículos 23, 30
y 31 de la Constitución y crea lo que hoy no existe: un procedimiento interno
para que una decisión internacional se convierta en un acto ejecutable. Un
comité de coordinación con participación de las víctimas y veeduría
internacional; plazos ciertos, de cuarenta y cinco días para el dictamen de
cumplimiento y de apenas cinco días hábiles cuando se trate de medidas
cautelares; vías para solicitar la liberación inmediata cuando una decisión
internacional la ordene; un fondo de reparación con financiamiento determinado;
y responsabilidad personal para el funcionario que incumpla. Se aplica, además,
a las decisiones ya dictadas y pendientes, que es donde está el pasivo
acumulado.
Presentamos esta ley por la razón que venimos
repitiendo en todo el camino: la reforma tiene que ser sustantiva y no un
simple cambio de personas. Un tribunal nuevo que reciba intacto el pasivo del
anterior, sin reglas para ejecutarlo, habrá cambiado los nombres y conservado
las injusticias.
Y ahora,
a postularse
Al momento de publicarse este artículo, los
doce representantes de la sociedad civil ya habrían sido designados y
juramentados para integrar el Comité de Postulaciones Judiciales. Con eso
arranca formalmente la etapa decisiva: la de las postulaciones a magistrado.
Hemos compartido la importancia de este
proceso en siete estados del país, y en todos hicimos el mismo llamado, que
repito aquí: que los colegas que reúnan las condiciones que exigen la
Constitución y la ley se postulen y participen. No es una invitación de
cortesía. Si los mejores no se presentan, el país no podrá escogerlos.
Venezuela necesita el concurso de sus hijos,
dentro y fuera del país, para conquistar la libertad, el Estado de derecho y
unas instituciones que funcionen. Porque al final nada de esto es un debate de
juristas. Todo esto se trata de que la gente viva mejor: de salarios que
alcancen, de servicios públicos que sirvan, de seguridad en la calle, de
escuelas y de hospitales. Un país sin justicia no logra ninguna de esas cosas,
por mucho que las prometa. Un país con justicia tiene, por fin, dónde
reclamarlas.

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