Un inventario antes de entregar las llaves
La Mesa de Diálogo acordó renovar a los
treinta y dos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia. Es un avance
determinante y hay que decirlo sin regateos: por primera vez en un cuarto de
siglo se acepta que el problema no era un magistrado ni una Sala, sino el
órgano completo y el procedimiento que lo produce.
Pero un tribunal nuevo hereda algo más que un
edificio en Caracas. Hereda expedientes. Y ahí hay una pregunta que todavía
nadie ha hecho en voz alta: ¿Qué va a pasar con las injusticias que el sistema
anterior produjo y que el nuevo va a recibir tal como están?
El día después de la libertad
Empecemos por lo más visible. Cada
excarcelación de un preso político es una noticia que debe celebrarse: una
persona vuelve a su casa, a su familia, a su vida. Pero salir de una prisión no
devuelve automáticamente los meses o los años perdidos. No devuelve el empleo,
la empresa, la carrera profesional o los estudios interrumpidos. No borra las
secuelas físicas y psicológicas del encierro ni de los malos tratos. No le
devuelve a una familia el tiempo que estuvo separada. Y en muchos casos ni
siquiera devuelve la libertad completa: buena parte de quienes han salido
permanece sometida al mismo expediente arbitrario y a un régimen de
presentación periódica.
Por eso Venezuela debería empezar a discutir
desde ahora —no cuando el proceso político concluya— un sistema nacional de
reconocimiento y reparación para las víctimas de violaciones de derechos
humanos.
No es una idea excepcional ni inventada para
nosotros. Alemania desarrolló durante décadas los mecanismos de
Wiedergutmachung para las víctimas de la persecución nazi. Argentina construyó
su propio sistema de reconocimiento e indemnización tras la dictadura. Chile
combinó las comisiones Rettig y Valech con pensiones y otras medidas para
víctimas de ejecuciones, desapariciones, prisión política y tortura. Sudáfrica
creó la Comisión de la Verdad y Reconciliación al terminar el apartheid.
Marruecos abordó los llamados años de plomo mediante la Instancia Equidad y
Reconciliación. Ninguna de esas experiencias es un modelo para copiar
mecánicamente. Todas enseñan lo mismo: una transición que ignora a las víctimas
deja sin resolver justamente la parte del pasado que dice querer superar.
Conviene además aclarar qué significa reparar,
porque suele reducirse a dinero. En el derecho internacional contemporáneo la
reparación comprende cinco cosas: restitución, indemnización, rehabilitación,
satisfacción y garantías de no repetición. Es decir, atención médica y
psicológica, recuperación de derechos, restitución de empleos o bienes cuando
sea posible, reconocimiento público del daño, corrección de los antecedentes
derivados de procesos injustos y reformas institucionales que impidan la repetición.
La
diligencia debida que nadie ha hecho
Aquí está el punto institucional, y quiero
explicarlo con una comparación que cualquiera entiende. En el mundo de los
negocios, nadie compra una empresa sin hacer antes un inventario de sus activos
y de sus pasivos. Se llama diligencia debida y es elemental: usted necesita
saber qué deudas está asumiendo. En una transición democrática debería existir
una diligencia semejante respecto de los pasivos humanos e institucionales del
Estado.
De ahí la propuesta que ponemos a
consideración de la Asamblea Nacional de 2015: elaborar un inventario nacional
de casos de derechos humanos vinculados con actuaciones u omisiones del sistema
judicial, como insumo del proceso de reforma. Ese inventario comprendería dos
grandes grupos. Primero, los casos en que organismos internacionales
competentes —órganos de tratados de Naciones Unidas y el sistema
interamericano— ya determinaron que hubo violación y sigue pendiente el
cumplimiento o la reparación. Segundo, los casos excepcionalmente longevos que
continúan abiertos ante esas instancias y en los cuales lo que se discute es
precisamente la ausencia de tutela judicial efectiva, de independencia judicial
o de debido proceso en Venezuela.
Digo con claridad lo que no es, porque será lo
primero que se objete. No se trata de reabrir indiscriminadamente cualquier
litigio, ni de convertir una instancia política en tribunal, ni de presumir que
toda decisión del sistema anterior fue ilegítima. Se trata de un mecanismo
excepcional, objetivo y verificable, reservado a casos con elementos
especialmente calificados: decisiones internacionales incumplidas,
procedimientos internacionales avanzados, violaciones graves documentadas o
décadas de ausencia de tutela judicial efectiva.
La razón de fondo es sencilla. Muchos de los
problemas que hoy intentamos resolver tuvieron entre sus causas la falta de
independencia judicial y el uso de los tribunales como instrumento de
persecución. Sería paradójico reformar ese Poder Judicial y entregarle al
nuevo, intactos, los expedientes y las consecuencias producidos por las mismas
deficiencias que justificaron la reforma. Cambiar los jueces sin revisar los
pasivos judiciales puede cambiar los nombres y conservar las injusticias.
Hay además un beneficio que el país debería
aprovechar. Este inventario es la vía más rápida para colocar a Venezuela al
día en el cumplimiento de las decisiones de los organismos internacionales de
derechos humanos, muchas de ellas incumplidas por más de una década y varias
referidas a personas hoy presas o perseguidas. Y convierte casos concretos en
indicadores medibles del éxito de la reforma: si el nuevo sistema es realmente
distinto, tendrá que ser capaz de resolver injusticias que el anterior no pudo o
no quiso resolver.
De dónde
viene esta propuesta
Esta iniciativa se suma a las que en los
últimos meses ha venido elaborando el Programa de Organización Ciudadana, POC,
la mayor articulación de agrupaciones civiles de dentro y fuera de Venezuela,
junto con la oficina parlamentaria de quien suscribe, presidente de la subcomisión
de Justicia de la Comisión Permanente de Política Interior. En ellas ha
participado de manera decisiva la comunidad jurídica del país: los líderes de
la abogacía organizada, la Federación de Colegios de Abogados y los colegios de
abogados de toda Venezuela, profesores universitarios y estudiantes de derecho.
No es el producto de un escritorio: es trabajo colectivo con acciones de campo.
Termino con una advertencia sobre cómo
mediremos lo que viene. El éxito de esta reforma no debería medirse solamente
por cuántos magistrados son sustituidos, cuántas leyes se aprueban o cuántos
presos salen de la cárcel. También por algo más humano: cuántas injusticias
heredadas somos capaces de identificar, reconocer y, cuando todavía sea
posible, reparar. Reparar no es vengarse; es distinguir entre venganza y
responsabilidad. Y es la manera en que el Estado que viene le dice a la
sociedad que no considera normal lo que el Estado anterior permitió.
La libertad de los presos políticos debe ser
el comienzo. Después vienen la verdad, la justicia, la reparación y la garantía
de que ningún venezolano —sea cual sea su posición política— vuelva a sufrir lo
mismo. Porque una democracia no se construye únicamente abriendo las puertas de
las cárceles: también se construye reparando a quienes nunca debieron entrar en
ellas y evitando que el nuevo Poder Judicial herede las injusticias del que
viene a reemplazar.
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